Esta pantalla de unas pocas pulgadas se ha convertido en una ventana al mundo. Tanto, que apenas abro las otras ventanas, las que dan al mundo de verdad y llenan la habitación de aire, melodías y realidad. En este mundo, las nueve de la noche no es más que otra hora, los monos no hablan, oruga no es una palabra bonita y no existe la canción más hermosa del mundo.
Refugiada en mi pequeño universo, escapo a mi hermosa playa donde el sol no quema, la brisa salada besa mis labios y respiro con más facilidad. Y, cuando el sol se pone, paseo hasta el final de la playa y subo por el camino rocoso. El aire es más fresco arriba, en el acantilado, y veo la puesta de sol. No hay horas ni días en este lugar mágico, sólo las caricias del viento y el horizonte, que se extiende hasta el infinito. Y cuando el sol finalmente se esconde tras él, como una llama que se apaga, no me quedo a oscuras. La luna se une a mi fiesta y, a su sombra, la inmensidad del cosmos. Bebo de la vista y vuelvo a respirar, sintiendo que mis pulmones se llenan por primera vez con cada bocanada de aire.
Sin embargo, pronto las maletas estarán hechas y tendré que abrir una puerta o una ventana de vuelta al presente, al aquí y ahora. Pero la playa no desaparece, está allí, a un parpadeo de distancia, en un sueño, en un espejo... esperándome, si la necesito.